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Grover Krantz y su deseo único: compartir eternamente vitrina con su perro en el Smithsonian

Grover Krantz, destacado antropólogo, solicitó que su esqueleto se exhibiera junto al de su perro Clyde en el Smithsonian, un vínculo que ha impactado a miles en el Museo Nacional de Historia Natural.

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El antropólogo Grover Krantz dedicó gran parte de su vida al análisis óseo humano en la Universidad Estatal de Washington. Sin embargo, el legado que lo hizo perdurar tras su fallecimiento en 2002 no proviene de sus contribuciones académicas tradicionales, sino de una solicitud poco común: donar su cuerpo al Smithsonian con la condición de que los restos de su perro, un sabueso irlandés llamado Clyde, fueran expuestos junto a los suyos de manera permanente. La institución aceptó, y desde 2009 ambos esqueletos comparten espacio en el Museo Nacional de Historia Natural en Washington D.C.

Grover Krantz y la relevancia científica de su perro en su vida profesional

Krantz fue uno de los pocos antropólogos físicos de su época que combinó una rigurosa labor académica con una afición que lo hizo tanto reconocido como objeto de críticas: la investigación sobre el Bigfoot. Publicó análisis sobre huellas atribuidas a este supuesto críptido, defendió su existencia empleando métodos científicos y jamás se retractó de sus convicciones. Era un investigador que seguía sus propios caminos con total convicción.

En este marco, Clyde no era simplemente una mascota. Fue el inseparable compañero de un hombre que adoptó posturas poco convencionales. Krantz llevaba al sabueso irlandés a sus clases, lo mencionaba frecuentemente en entrevistas y, según sus alumnos, el perro era tan habitual en su oficina como los cráneos y moldes que poblaban sus estantes. Al fallecer Clyde, Krantz ya tenía claro qué destino quería para ambos restos.

La solicitud al Smithsonian y la respuesta del museo

Donar el cuerpo a la ciencia es algo común entre investigadores, pero condicionar la donación con términos específicos no lo es tanto. Krantz insistió en que el esqueleto de Clyde fuera articulado y presentado junto al suyo en cualquier exhibición permanente, no como simple decoración, sino como un elemento fundamental de la muestra.

La decisión del Smithsonian no fue inmediata. Se generó discusión sobre si era apropiado incluir restos de un animal doméstico en una exhibición enfocada en anatomía humana. Finalmente, los curadores concluyeron que sí tenía valor pedagógico: la relación entre perros y humanos tiene una historia conjunta que supera los 15,000 años, y reflejar ese vínculo a nivel óseo en un museo de historia natural no era solamente un gesto emotivo, sino una demostración científica.

El resultado es una de las exhibiciones más capturadas en fotografías del museo. Krantz aparece erguido con su típico bastón, mientras Clyde camina a su lado, evocando una imagen cotidiana como si simplemente cruzaran juntos el campus en una mañana cualquiera. Esta postura fue cuidadosamente diseñada para mostrar cómo se desplazaban en vida.

El significado profundo más allá de la emotividad

La imagen de ambos esqueletos caminando al unísono tiene un impacto que trasciende las palabras. No es una representación triste, sino la confirmación de una experiencia que cualquier dueño de perro conoce muy bien: que ese lazo es inigualable.

En esencia, Krantz utilizó el lenguaje de la ciencia para expresar algo profundamente humano. Toda su carrera giró en torno a medir huesos para comprender nuestra naturaleza, y al final decidió que la manera más elocuente de expresarlo era exhibiendo que no somos nada sin quienes nos acompañan. La muestra ha estado disponible desde 2009 en el Museo Nacional de Historia Natural del Smithsonian y no existe intención de retirarla. Algunos legados se preservan por sí mismos.

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